Toma de Decisiones

Una decisión puede estar bien tomada y salir mal

En una revisión de trimestre, alguien tiene que defender una decisión que no ha funcionado. Eligió entre dos proveedores hace ocho meses, con la mitad de la información que le habría gustado tener y una fecha encima. No ha sido un desastre: ha salido mal, sin más. Y en la sala la conclusión está escrita antes de que abra la boca: fue un error.

Puede que lo fuera. Con lo que queda hoy encima de la mesa, nadie en esa sala tiene forma de saberlo. Quien decidió, tampoco.

Cambia el asunto y la escena aguanta igual: dos candidatos, dos maneras de organizar el trimestre, dos formas de repartir un presupuesto. Y aguanta también cuando la revisión no es una reunión, sino tu cabeza un domingo por la tarde.

El desenlace es el peor juez del proceso

Un resultado depende de dos cosas: de cómo decidiste y de lo que ocurrió después, que en buena parte no dependía de ti. Al evaluar por el desenlace se mezclan las dos, y la lección sale equivocada en las dos direcciones: se castigan decisiones bien tomadas que salieron mal y se consagran decisiones descuidadas que salieron bien. Tiene nombre —el sesgo de resultado— y la mitad peligrosa es la segunda, porque nadie revisa lo que funcionó.

Encima hay un segundo mecanismo que impide corregir el primero. En cuanto conoces el desenlace, tu memoria de lo que sabías antes de conocerlo queda contaminada por él: las señales que apuntaban en la dirección correcta se vuelven nítidas, las demás se apagan, y aparece la sensación de que aquello se veía venir. Es el sesgo retrospectivo, y no se corrige con buena fe. Cuando te propones ser justo contigo mismo ya es tarde, porque la versión anterior de lo que pensabas ha dejado de estar disponible.

Aquí esto deja de ser psicología y se convierte en un problema práctico. Si nadie dejó escrito lo que se sabía y lo que se esperaba en el momento de decidir, la única prueba que sobrevive es el resultado. El resultado acaba imponiéndose como criterio por una razón material: es lo único que queda encima de la mesa.

La pregunta que se salta la revisión

En cualquier revisión hay una pregunta que se hace siempre: ¿salió bien? Es legítima y hace falta.

La que casi nunca se hace es la de antes: ¿fue una buena decisión con lo que se sabía entonces? No se salta por pereza. Se salta porque, si nadie dejó escrito lo que se sabía, no hay con qué contestarla, y en la sala eso se nota.

Quien puede contestarla trabaja de otra manera. Sostiene que la decisión fue buena y que el resultado fue malo sin que suene a excusa, porque tiene con qué. Y sostiene también lo incómodo, que es lo que de verdad cambia resultados: reconocer que salió bien y que decidió mal. Es la única forma de no repetir una decisión que esta vez tuvo suerte.

Cuatro líneas antes de decidir

Antes de cerrar una decisión que pese, deja escritas cuatro líneas con la fecha: qué sabes, qué no sabes, qué esperas que ocurra y qué te haría cambiar de opinión. Caben en la nota donde ya escribes tus cosas. Cuando llegue el resultado, léelas antes de opinar sobre ti.

El precio de esto se paga en otro sitio. Escribir de antemano lo que esperas convierte una intuición cómoda en una afirmación comprobable, y fabrica una prueba que puede dejarte mal. Esa resistencia es real y conviene nombrarla, porque es la que hace que el hábito se abandone en la tercera semana con la coartada de que no hay tiempo.

Por eso empieza en privado y con tus propias decisiones. Un registro de criterio que otros pueden leer, y usar más tarde, es una conversación distinta y necesita una confianza que no se decreta. Tu nota, que no tiene audiencia, funciona desde el primer día.

Cuánto análisis merece cada decisión —que depende de lo que está en juego y, sobre todo, de si se puede deshacer— es la otra mitad de esta competencia, y va otro día.


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Esto salió por correo el martes 22 de septiembre de 2026. Cada martes, una competencia contada por dentro: apúntate a la newsletter.